Efectivamente ,....como dice Chet ,...deberiamos extender nuestras investigaciones al futuro , a los sueños , al mas allá :
Veamos un ejemplo , una pista de como podemos comunicarnos con el mas allá y obtener datos fiables :
MONDAY, OCTOBER 01, 2007
El Infierno

"Estábamos enterrando a un amigo, cuando un teléfono móvil interrumpió con su sonido la grave ceremonia. Tras un breve intercambio de miradas reprobatorias, comprendimos que el ruido procedía del cadáver, cuyo ferétro había sido abierto para que el finado recibiera el último adiós. La viuda, con más inconsciencia que valor, se inclinqó sobre el muerto y sacó el teléfono de uno de los bolsillos de la chaqueta. "Diga", pronunció dolorosamente. No sabemos qué escuchó al otro lado, pero la vimos palidecer y gritar enseguida: "Fernando falleció ayer y usted es una zorra que ha destruido nuestro hogar". Dicho esto, interrumpió la comunicación y devolvió el artefacto a su lugar.
Al abandonar el cementerio, supe por alguien de la familia que había sido deseo del propio Fernando ser enterrado con su móvil, lo que constituyendo una excentricidad perfectamente afín a su carácter, me devolvía la imagen menos grata y oscura, de quien había sido una de las referencias más importantes de mi vida. Como es costumbre, me dirigí en compañía de los más íntimos a la casa de la viuda, para darle consuelo. Ella nos ofreció un café, que estábamos saboreando mientras hablábamos de cosas intrascendentes, cuando sonó el teléfono. Tras unos segundos de terror, los presentes alcanzamos un acuerdo tácito: nadie había oído nada, ningún soniodo de ultratumba se había colado en aquella reunión de amigos. Después de diez o doce llamadas, el aparato enmudeció y la propia viuda se levantó a descolgarlo. 'No estoy para pésames', dijo.
Aquella noche, a la hora en la que insomnes suelen descabezar un sueño, me levanté, fuí al teléfono y marqué el número del móvil de Fernando. Lo cogieron al primer pitido, pero colgué antes de escuchar ninguna voz. Sólo quería comprobar que el infierno existía."
Texto de Juan José Millás, publicado en el libro Cuentos de Adúlteros Desorientados, editorial Lumen. Gracias al maestrísimo Quemex, por la gran recomendación y préstamo.
Foto de Julián Quevedo
Al abandonar el cementerio, supe por alguien de la familia que había sido deseo del propio Fernando ser enterrado con su móvil, lo que constituyendo una excentricidad perfectamente afín a su carácter, me devolvía la imagen menos grata y oscura, de quien había sido una de las referencias más importantes de mi vida. Como es costumbre, me dirigí en compañía de los más íntimos a la casa de la viuda, para darle consuelo. Ella nos ofreció un café, que estábamos saboreando mientras hablábamos de cosas intrascendentes, cuando sonó el teléfono. Tras unos segundos de terror, los presentes alcanzamos un acuerdo tácito: nadie había oído nada, ningún soniodo de ultratumba se había colado en aquella reunión de amigos. Después de diez o doce llamadas, el aparato enmudeció y la propia viuda se levantó a descolgarlo. 'No estoy para pésames', dijo.
Aquella noche, a la hora en la que insomnes suelen descabezar un sueño, me levanté, fuí al teléfono y marqué el número del móvil de Fernando. Lo cogieron al primer pitido, pero colgué antes de escuchar ninguna voz. Sólo quería comprobar que el infierno existía."
Texto de Juan José Millás, publicado en el libro Cuentos de Adúlteros Desorientados, editorial Lumen. Gracias al maestrísimo Quemex, por la gran recomendación y préstamo.
Foto de Julián Quevedo

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